-“¡Qué lindo que han venido chicas!”
Dice doña Dominga, mientras espera que se caliente la pava para el mate. Prueba la temperatura del agua con el dedo, y parece que está bien. Una cucharadita de azúcar, un chorrito del agua, se toma el primero, despacito, no tiene apuro. Por qué lo tendría, si tenemos toda la tarde por delante.
-“Vamos a charlar de muchas cosas lindas. Ustedes duermen en las camas que hay ahí, al lado de nuestra pieza. Los chicos que se arreglen con la carpa”
Nos ofrece el segundo mate, con manos temblorosas. Los años y el tiempo inclemente le fueron desgastando los huesos, los fuertes vientos del sur no la ayudan con su enfermedad. Pero ella sonríe tan amable, tan cálidos sus ojos.
-“Dominga, los chicos pueden dormir con nosotras en la pieza, si total, lugar sobra”
Le decimos con Valen, pero ella insiste. Le parece bien que ellos duerman en el patio, y no le vamos a andar discutiendo a nuestra anfitriona, tan coqueta recién peinada y con su bastón. Cocinó unas facturas buenísimas, y, aunque quedarían mejor con mate amargo cosa de contrarrestar sabores, no puedo parar de comerlas. Debe ser por el sabor a hospitalidad y cariño que tienen.
Nuestros compañeros están afuera, enfrentando el fuerte viento de mediados de enero, conversando con Claudio, el esposo de Dominga.
Hace un rato empezó a levantar el viento de nuevo, tras una breve pausa durante la siesta. Es agotador, lleva partículas de tierra que se pegan en la cara, entran a los ojos, pican la nariz. El frío se está sintiendo porque bajó el sol. Pero nosotras tres seguimos charlando y charlando, de cosas de mujeres, de la vida, de los hombres… Doña Dominga cambia la yerba, la vacía en un recipiente de plástico azul. Saca la pava del fuego, la deja sobre la cocina de hierro negro para que no se enfríe el agua, claro está, y sigue cebando.
Es lindo hablar con ella, está realmente contenta de la visita. Nosotras también somos felices, escuchando y aprendiendo de cada palabra que dice. Es hermosa, con el pelo blanco cortito y en bucles, toda flaquita y arrugada, con esos grandes ojos grises.
Nos muestra fotos, y en ellas reconocemos caras. Misioneros anteriores que ya están casados y tienen hijos. Claudio y Dominga están orgullosos de ellos, como si fueran de la familia, y nos preguntan cómo están. Les contestamos con lo poco que sabemos, no conocemos a todos. Pero tenemos algo en común: todos ellos pasaron por las casas que ahora nosotros visitamos, matearon con la misma gente, algunos más, algunos menos. En algún momento ellos también estuvieron sentados en los sillones que estamos ocupando esta tarde, y aprendieron a crecer con esta gente.
Cae la noche, empiezan a hacer falta las camperas, bufandas y el poncho.
Llega más gente, los que estaban en el campo, y, milagrosamente, diez personas logramos acomodarnos en ese living tan chiquito pero acogedor. Unos cocinamos mientras otros tocan la guitarra y recitan tradición. Hay risas, hay fuego.
Eso es la felicidad. Compartir la mesa y anécdotas con personas que acabas de conocer, y que probablemente no vuelvas a ver una vez que te despiden, pero que, mientras tanto, abrieron sus puertas y sus corazones, regalando lo que tienen a un grupo de chicos con mochilas llenas de tierra por fuera, y risas por dentro.
hermoso relato, y que bueno es ser Argentinos, y mas ser Patagonico ..!!
ResponderBorrarCoincido totalmente! Gracias por tomarte el tiempo de responder, de verdad se aprecia! Vamos Argentina Carajo!!!!!
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