03 noviembre 2020

3. EL RAMO DE FLORES

 

Un ramo de flores me dio la Mili. Muy amarillas, chiquitas, de pétalos alargados y delicados. Las sacó de un arbolito que crece al lado de la cocina, a la izquierda de la puerta. Una por una las fue juntando, y después las ató con un moño azul, que de moño tenía poco. Era más bien una cinta de algodón, de esas que se usan para tejer alfombras y posavasos.

Muy bonito el ramo, con muchas flores. Se reía cuando me lo dio, entre tímida y pícara. Quienes la conocen saben muy bien de lo que hablo. Me sorprendió, porque era la primera vez que me regalaban flores. Se me hizo raro agarrar el ramito, y es que mis manos estaban sucias de haber jugado con los perros, y mis pies embarrados de caminar por la orilla del arroyo con las alpargatas rotas. Hacía calor y la trenza se me desarmaba; puedo decir sinceramente que pocas veces me alegré tanto de no tener un espejo para verme. Pero a pesar de mi pinta desgarbada, ella me regaló flores. 

Me seguía por todos lados asegurándose de que no me lo olvidara, y se hacía difícil la cosa porque había que armar la carpa para pasar la noche, ayudar en la cocina y limpiar el galpón. Por ahí lo dejaba sobre una piedra, un ratito nomás, para dar una mano con algo, y enseguida aparecía la Mili con el ramillete en sus manos gorditas y me lo daba retándome mientras sonreía. Yo le decía que ahora que tenía el ramo me podía casar, que lo único que faltaba era el novio, y ella se reía y me decía que no, que no me podía casar porque era muy chica, y que además, ella no quería. 

Tuve que dejarlo allá, al ramo. No me entraba en la mochila, sumado a que después de dos días, ya se había empezado a marchitar. Pero cada tanto me acuerdo de esas flores amarillas, chiquitas, demasiado delicadas, tal vez, para alguien que andaba con el facón al cinto. 

Además del recuerdo, perdura una foto que sacó una modelo con dedos más elegantes que los míos, puede que hasta más acordes a los pétalos alargados. 

La veo y me acuerdo de Mili, y pienso que quizás ella vio algo que a mi se me pasó por alto, y que es por eso que me dio las flores atadas con cinta azul.

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Foto sacada por Valentina Ripani 







12 agosto 2020

2. LAS PLANTAS DE (LA) CATI

La Cata, o Cati, como le digo yo, tiene en su casa un patio lleno, muy lleno de plantas. 

Las cuida con un amor y una dedicación que he visto en muy pocas personas de las que he conocido.  

Podríamos decir que ese patio es un oasis verde en el medio de la meseta patagónica. 

Las manos de la Cati están ásperas y duras, como las de quien conoce del trabajo de la tierra y de los climas adversos. Sin embargo con una destreza sin igual ella las riega y acomoda las piedras que están alrededor, repitiendo ese proceso, una y otra vez. Incluso a la Pitufina, su perrita y fiel compañera, le tiene prohibido tocarlas.


La última vez que la visité no podía dejar de contemplar esa vista, casi de revista.

El amor que le da a las plantas es el mismo amor que le puso al pan casero que nos cocinó en una merienda o a su famoso estofado con carne de cordero. 

La Cati así como se acuerda de sus plantas, se acuerda de mi cumpleaños y del del Lucho como si nos conociéramos de toda la vida. Tanto así que hasta aparecemos en su famoso living lleno de fotos de otros misioneros más viejos, como si en su corazón además de Chiquitín (su esposo), la Pitufina y las plantas, estuviéramos nosotros, los misioneros que no caminaban tanto pero que traían caramelos. 


El amor y la distancia son una cosa tan misteriosa, tan espectacular que permite que nos sintamos cerca aún cuando nos separan más de mil kilómetros. 

La Cati me enseñó muchas cosas, pero creo que la que más me dejó latiendo el corazón fue cuando antes de irme me dijo: “Ustedes van a volver; siempre terminan volviendo”, como quien sabe que el espíritu que nos permitió encontrarnos es mucho más grande que nosotros, y sin duda mucho más grande que el amor que siente por sus plantas.

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Relato escrito por Valentina Ripani (@valenripani)


11 julio 2020

I. Leyendas

Leyenda de la Flor de Ceibo

A orillas del Río Paraná vivía una joven guaraní. Algunos afirman que era reina, y se llamaba Anahí. No era su belleza lo que atraía, puesto que no era linda, sino su voz preciosa con la que deleitaba a la tribu con cantos inspirados en los dioses y la tierra que les pertenecía.

Pero un día llegaron los españoles arrasando con todo. Ella luchó junto con los guerreros del pueblo, con fiereza y determinación inigualables... Sin embargo no fue suficiente, y se la llevaron prisionera. 
Cuentan que tras días llorando y noches sin dormir, Anahí comenzó a cantar, y con su dulce voz hizo dormir al centinela que la cuidaba, logrando huir. Corrió hacia la selva que tan bien conocía, pero los hombres blancos la alcanzaron, y fue condenada a morir en la hoguera como muestra del poder de los invasores, para que todos vieran lo que les sucedería si intentaban escapar de su yugo.

La ataron al tronco de un árbol, y encendieron las ramas dispuestas a sus pies; al principio el fuego se negaba alcanzarla, pero luego comenzó a subir, lenguas naranjas y rojas envolvían el tronco tragando oxígeno. Algunos dicen que murmuraba amenazas, un canto fúnebre brotando de sus labios. Otros cuentan que comenzó a cantar invocando a la selva que tanto amaba, su flora y fauna.
Sea como fuere, todos coinciden en que cuando se consumieron las llamas al amanecer, en el lugar donde había estado el cuerpo de la joven estaba creciendo un árbol. De corteza rústica y hojas verdes, cuyas flores rojas recordaban la sangre de Anahí. 
Era el Ceibo, que suele encontrarse solitario en los montes y es signo de la fortaleza de aquellos que supieron morir por su libertad, resistiéndose a dejarse dominar de espíritu. 
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Según algunas versiones, no fue todo el árbol el que surgió de ella, sino sólo la flor 

"... la amarraron a un árbol de corta estatura, pero robusto y de anchas hojas, carente de flores. Al poco tiempo de iniciado el suplicio (...) el cuerpo de Anahí fue adquiriendo las características de una hermosa flor. Al amanecer (...) en el árbol había brotado una flor color rojo sangre, nunca hasta entonces contemplada en la Creación. Ese árbol era el ceibo, y la flor en él nacida, albergaba el alma de Anahí"

Hay varias versiones de esta leyenda, pero la esencia de todas es la misma. La de este post es una recreación en base a algunas de las versiones de esta página. Ahí también se puede ver que la de Anahí no es la única leyenda que explica la creación del Ceibo, sino la más conocida (al menos en el centro del país). 

Ahora bien, ¿por qué ésta es la flor nacional? 

En un artículo de La Nación del 30 de noviembre del 2019 se cuenta que: "En 1941 el gobierno nacional (...) designó una Comisión Nacional encargada de estudiar y proponer cuál era la flor que mayores méritos reunía para ser proclamada flor nacional." Se inclinaron por la flor del Ceibo, siendo ésta uno de los cuatro símbolos patrios oficialmente consagrados (Bandera, Escudo, Himno, Flor).

Según el Ing. Agrónomo J. Fiorentino, la flor es perfecta porque presenta los cuatro ciclos florales (caliz, corola, androceo y gineceo), lo que significa que es hermafrodita. 
Es un árbol que crece en zonas húmedas, como la región del Litoral, soportando bien suelos anegados.

USOS: La madera blanda se usa para tallar objetos que no necesitan ser resistentes, y la flor para teñir telas
DÍA: el 22 de noviembre es el Día Nacional del Ceibo

DATOS DE COLOR



Fuentes: 




03 julio 2020

1. DOÑA DOMINGA

-“¡Qué lindo que han venido chicas!”

 

 Dice doña Dominga, mientras espera que se caliente la pava para el mate. Prueba la temperatura del agua con el dedo, y parece que está bien. Una cucharadita de azúcar, un chorrito del agua, se toma el primero, despacito, no tiene apuro. Por qué lo tendría, si tenemos toda la tarde por delante.

 

-“Vamos a charlar de muchas cosas lindas. Ustedes duermen en las camas que hay ahí, al lado de nuestra pieza. Los chicos que se arreglen con la carpa”

 

Nos ofrece el segundo mate, con manos temblorosas. Los años y el tiempo inclemente le fueron desgastando los huesos, los fuertes vientos del sur no la ayudan con su enfermedad. Pero ella sonríe tan amable, tan cálidos sus ojos.

 

-“Dominga, los chicos pueden dormir con nosotras en la pieza, si total, lugar sobra”

 

Le decimos con Valen, pero ella insiste. Le parece bien que ellos duerman en el patio, y no le vamos a andar discutiendo a nuestra anfitriona, tan coqueta recién peinada y con su bastón. Cocinó unas facturas buenísimas, y, aunque quedarían mejor con mate amargo cosa de contrarrestar sabores, no puedo parar de comerlas. Debe ser por el sabor a hospitalidad y cariño que tienen.

Nuestros compañeros están afuera, enfrentando el fuerte viento de mediados de enero, conversando con Claudio, el esposo de Dominga.

Hace un rato empezó a levantar el viento de nuevo, tras una breve pausa durante la siesta. Es agotador, lleva partículas de tierra que se pegan en la cara, entran a los ojos, pican la nariz. El frío se está sintiendo porque bajó el sol. Pero nosotras tres seguimos charlando y charlando, de cosas de mujeres, de la vida, de los hombres… Doña Dominga cambia la yerba, la vacía en un recipiente de plástico azul. Saca la pava del fuego, la deja sobre la cocina de hierro negro para que no se enfríe el agua, claro está, y sigue cebando.

Es lindo hablar con ella, está realmente contenta de la visita. Nosotras también somos felices, escuchando y aprendiendo de cada palabra que dice. Es hermosa, con el pelo blanco cortito y en bucles, toda flaquita y arrugada, con esos grandes ojos grises.

Nos muestra fotos, y en ellas reconocemos caras. Misioneros anteriores que ya están casados y tienen hijos. Claudio y Dominga están orgullosos de ellos, como si fueran de la familia, y nos preguntan cómo están. Les contestamos con lo poco que sabemos, no conocemos a todos. Pero tenemos algo en común: todos ellos pasaron por las casas que ahora nosotros visitamos, matearon con la misma gente, algunos más, algunos menos. En algún momento ellos también estuvieron sentados en los sillones que estamos ocupando esta tarde, y aprendieron a crecer con esta gente.

Cae la noche, empiezan a hacer falta las camperas, bufandas y el poncho.

Llega más gente, los que estaban en el campo, y, milagrosamente, diez personas logramos acomodarnos en ese living tan chiquito pero acogedor. Unos cocinamos mientras otros tocan la guitarra y recitan tradición. Hay risas, hay fuego.

Eso es la felicidad. Compartir la mesa y anécdotas con personas que acabas de conocer, y que probablemente no vuelvas a ver una vez que te despiden, pero que, mientras tanto, abrieron sus puertas y sus corazones, regalando lo que tienen a un grupo de chicos con mochilas llenas de tierra por fuera, y risas por dentro.

21 junio 2020

Santos Vega

Empecemos con un personaje del palo del Martín Fierro, pero mucho menos conocido: Santos Vega.
Vega fue un payador bonaerense que vivió allá por el 1750, del cual no se sabe mucho. Hay una leyenda que gira en torno a él, denominándolo "el payador invencible", y que cuenta su derrota en 1824 frente a Juan Sin Ropa, en un duelo de payadas. 
Sobre él hay algunos versos escritos. El primero en plasmar sobre papel el mito oral del payador fue Mitre, quien escribió el poema "A Santos Vega, payador argentino". Sin embargo, el más conocido de estos poemas es el de Rafael Obligado, "Santos Vega", basado en la historia escrita en forma de folletín por Eduardo Gutiérrez, quien contaba la huida de Vega y de su amigo Carmona de la justicia. También Hilario Ascasubi escribió sobre él, publicando en París, "Santos Vega o los mellizos de la flor".

En cuanto al cine, hay varias películas del 1900, la última de ellas -"Santos Vega"- protagonizada por José Larralde en el 1971. No la vi todavía, pero linkeo el video de la última payada que, personalmente, me gusta mucho.
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Nuestro Folklore

Como en todas las culturas, en Argentina la música ocupa parte importante de la tradición. Etimológicamente, la palabra FOLKLORE (que designa el conjunto de expresiones culturales de un pueblo) está compuesta por los términos "folk"= pueblo y "lore"= saber.
En la jerga común de los argentinos, cuando hablamos del folklore a secas, nos referimos normalmente a la música -con sus respectivas coreografías- folklórica, tan rica en géneros y en variaciones según la región.
Cada género tiene su baile, y cada baile su historia, y es hermoso poder tocar y bailar distintos temas sabiendo el origen, y el por qué de cada paso y movimiento. 
Algunos se bailaban en la gran ciudad, principalmente Buenos Aires, y tienen similitud con los bailes de salón europeos, lo cual encuentra su explicación en el intercambio cultural que ocurrió durante 1.800 entre Argentina y los países del otro continente. Otros, en cambio, nacieron en el campo o en los fuertes fronterizos, estos últimos como celebración de las victorias obtenidas en los enfrentamientos con los indios. 


Manos del Norte



Manos curtidas por el peso de la tierra,

Morena la piel de trabajar al sol.

El paso del tiempo las fue encalleciendo, y eso que son jóvenes aún.

Dedos cortos pero fuertes, dorso raspado, cortado por el alambre en los fríos inviernos del norte, donde el calor del verano es compensado por heladas en julio.

Hábiles. Saben cazar, cocinar, moldear el cuero, darle vida a la madera. También saben saludar, y escribir, y hacer fuego. Aman el fuego.

Fernet no preparan, pero tal vez levantan el vaso para llevarlo a la boca de su dueño.

Son lindas en su rusticidad, aprenden rápido. También les gusta la guitarra.

Saben mucho, cargan años de historia en sus genes, conocen porque han tocado, saben porque les han enseñado.

Las cicatrices embellecen su figura, finas líneas blanquecinas que cruzan la piel en todas direcciones, pero no les impiden sentir.

Callosas, pero jóvenes aún esas manos morenas por el tiempo de sol.

3. EL RAMO DE FLORES

  Un ramo de flores me dio la Mili. Muy amarillas, chiquitas, de pétalos alargados y delicados. Las sacó de un arbolito que crece al lado de...