12 agosto 2020

2. LAS PLANTAS DE (LA) CATI

La Cata, o Cati, como le digo yo, tiene en su casa un patio lleno, muy lleno de plantas. 

Las cuida con un amor y una dedicación que he visto en muy pocas personas de las que he conocido.  

Podríamos decir que ese patio es un oasis verde en el medio de la meseta patagónica. 

Las manos de la Cati están ásperas y duras, como las de quien conoce del trabajo de la tierra y de los climas adversos. Sin embargo con una destreza sin igual ella las riega y acomoda las piedras que están alrededor, repitiendo ese proceso, una y otra vez. Incluso a la Pitufina, su perrita y fiel compañera, le tiene prohibido tocarlas.


La última vez que la visité no podía dejar de contemplar esa vista, casi de revista.

El amor que le da a las plantas es el mismo amor que le puso al pan casero que nos cocinó en una merienda o a su famoso estofado con carne de cordero. 

La Cati así como se acuerda de sus plantas, se acuerda de mi cumpleaños y del del Lucho como si nos conociéramos de toda la vida. Tanto así que hasta aparecemos en su famoso living lleno de fotos de otros misioneros más viejos, como si en su corazón además de Chiquitín (su esposo), la Pitufina y las plantas, estuviéramos nosotros, los misioneros que no caminaban tanto pero que traían caramelos. 


El amor y la distancia son una cosa tan misteriosa, tan espectacular que permite que nos sintamos cerca aún cuando nos separan más de mil kilómetros. 

La Cati me enseñó muchas cosas, pero creo que la que más me dejó latiendo el corazón fue cuando antes de irme me dijo: “Ustedes van a volver; siempre terminan volviendo”, como quien sabe que el espíritu que nos permitió encontrarnos es mucho más grande que nosotros, y sin duda mucho más grande que el amor que siente por sus plantas.

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Relato escrito por Valentina Ripani (@valenripani)


3. EL RAMO DE FLORES

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