11 julio 2020

I. Leyendas

Leyenda de la Flor de Ceibo

A orillas del Río Paraná vivía una joven guaraní. Algunos afirman que era reina, y se llamaba Anahí. No era su belleza lo que atraía, puesto que no era linda, sino su voz preciosa con la que deleitaba a la tribu con cantos inspirados en los dioses y la tierra que les pertenecía.

Pero un día llegaron los españoles arrasando con todo. Ella luchó junto con los guerreros del pueblo, con fiereza y determinación inigualables... Sin embargo no fue suficiente, y se la llevaron prisionera. 
Cuentan que tras días llorando y noches sin dormir, Anahí comenzó a cantar, y con su dulce voz hizo dormir al centinela que la cuidaba, logrando huir. Corrió hacia la selva que tan bien conocía, pero los hombres blancos la alcanzaron, y fue condenada a morir en la hoguera como muestra del poder de los invasores, para que todos vieran lo que les sucedería si intentaban escapar de su yugo.

La ataron al tronco de un árbol, y encendieron las ramas dispuestas a sus pies; al principio el fuego se negaba alcanzarla, pero luego comenzó a subir, lenguas naranjas y rojas envolvían el tronco tragando oxígeno. Algunos dicen que murmuraba amenazas, un canto fúnebre brotando de sus labios. Otros cuentan que comenzó a cantar invocando a la selva que tanto amaba, su flora y fauna.
Sea como fuere, todos coinciden en que cuando se consumieron las llamas al amanecer, en el lugar donde había estado el cuerpo de la joven estaba creciendo un árbol. De corteza rústica y hojas verdes, cuyas flores rojas recordaban la sangre de Anahí. 
Era el Ceibo, que suele encontrarse solitario en los montes y es signo de la fortaleza de aquellos que supieron morir por su libertad, resistiéndose a dejarse dominar de espíritu. 
______________

Según algunas versiones, no fue todo el árbol el que surgió de ella, sino sólo la flor 

"... la amarraron a un árbol de corta estatura, pero robusto y de anchas hojas, carente de flores. Al poco tiempo de iniciado el suplicio (...) el cuerpo de Anahí fue adquiriendo las características de una hermosa flor. Al amanecer (...) en el árbol había brotado una flor color rojo sangre, nunca hasta entonces contemplada en la Creación. Ese árbol era el ceibo, y la flor en él nacida, albergaba el alma de Anahí"

Hay varias versiones de esta leyenda, pero la esencia de todas es la misma. La de este post es una recreación en base a algunas de las versiones de esta página. Ahí también se puede ver que la de Anahí no es la única leyenda que explica la creación del Ceibo, sino la más conocida (al menos en el centro del país). 

Ahora bien, ¿por qué ésta es la flor nacional? 

En un artículo de La Nación del 30 de noviembre del 2019 se cuenta que: "En 1941 el gobierno nacional (...) designó una Comisión Nacional encargada de estudiar y proponer cuál era la flor que mayores méritos reunía para ser proclamada flor nacional." Se inclinaron por la flor del Ceibo, siendo ésta uno de los cuatro símbolos patrios oficialmente consagrados (Bandera, Escudo, Himno, Flor).

Según el Ing. Agrónomo J. Fiorentino, la flor es perfecta porque presenta los cuatro ciclos florales (caliz, corola, androceo y gineceo), lo que significa que es hermafrodita. 
Es un árbol que crece en zonas húmedas, como la región del Litoral, soportando bien suelos anegados.

USOS: La madera blanda se usa para tallar objetos que no necesitan ser resistentes, y la flor para teñir telas
DÍA: el 22 de noviembre es el Día Nacional del Ceibo

DATOS DE COLOR



Fuentes: 




03 julio 2020

1. DOÑA DOMINGA

-“¡Qué lindo que han venido chicas!”

 

 Dice doña Dominga, mientras espera que se caliente la pava para el mate. Prueba la temperatura del agua con el dedo, y parece que está bien. Una cucharadita de azúcar, un chorrito del agua, se toma el primero, despacito, no tiene apuro. Por qué lo tendría, si tenemos toda la tarde por delante.

 

-“Vamos a charlar de muchas cosas lindas. Ustedes duermen en las camas que hay ahí, al lado de nuestra pieza. Los chicos que se arreglen con la carpa”

 

Nos ofrece el segundo mate, con manos temblorosas. Los años y el tiempo inclemente le fueron desgastando los huesos, los fuertes vientos del sur no la ayudan con su enfermedad. Pero ella sonríe tan amable, tan cálidos sus ojos.

 

-“Dominga, los chicos pueden dormir con nosotras en la pieza, si total, lugar sobra”

 

Le decimos con Valen, pero ella insiste. Le parece bien que ellos duerman en el patio, y no le vamos a andar discutiendo a nuestra anfitriona, tan coqueta recién peinada y con su bastón. Cocinó unas facturas buenísimas, y, aunque quedarían mejor con mate amargo cosa de contrarrestar sabores, no puedo parar de comerlas. Debe ser por el sabor a hospitalidad y cariño que tienen.

Nuestros compañeros están afuera, enfrentando el fuerte viento de mediados de enero, conversando con Claudio, el esposo de Dominga.

Hace un rato empezó a levantar el viento de nuevo, tras una breve pausa durante la siesta. Es agotador, lleva partículas de tierra que se pegan en la cara, entran a los ojos, pican la nariz. El frío se está sintiendo porque bajó el sol. Pero nosotras tres seguimos charlando y charlando, de cosas de mujeres, de la vida, de los hombres… Doña Dominga cambia la yerba, la vacía en un recipiente de plástico azul. Saca la pava del fuego, la deja sobre la cocina de hierro negro para que no se enfríe el agua, claro está, y sigue cebando.

Es lindo hablar con ella, está realmente contenta de la visita. Nosotras también somos felices, escuchando y aprendiendo de cada palabra que dice. Es hermosa, con el pelo blanco cortito y en bucles, toda flaquita y arrugada, con esos grandes ojos grises.

Nos muestra fotos, y en ellas reconocemos caras. Misioneros anteriores que ya están casados y tienen hijos. Claudio y Dominga están orgullosos de ellos, como si fueran de la familia, y nos preguntan cómo están. Les contestamos con lo poco que sabemos, no conocemos a todos. Pero tenemos algo en común: todos ellos pasaron por las casas que ahora nosotros visitamos, matearon con la misma gente, algunos más, algunos menos. En algún momento ellos también estuvieron sentados en los sillones que estamos ocupando esta tarde, y aprendieron a crecer con esta gente.

Cae la noche, empiezan a hacer falta las camperas, bufandas y el poncho.

Llega más gente, los que estaban en el campo, y, milagrosamente, diez personas logramos acomodarnos en ese living tan chiquito pero acogedor. Unos cocinamos mientras otros tocan la guitarra y recitan tradición. Hay risas, hay fuego.

Eso es la felicidad. Compartir la mesa y anécdotas con personas que acabas de conocer, y que probablemente no vuelvas a ver una vez que te despiden, pero que, mientras tanto, abrieron sus puertas y sus corazones, regalando lo que tienen a un grupo de chicos con mochilas llenas de tierra por fuera, y risas por dentro.

3. EL RAMO DE FLORES

  Un ramo de flores me dio la Mili. Muy amarillas, chiquitas, de pétalos alargados y delicados. Las sacó de un arbolito que crece al lado de...